/ Breves apuntes sobre la impermanencia de la pintura a partir de la obra de Julia Clutterbuck, por Julián León Camargo, 2021 /

En su sentido más clásico el valor del arte como capital simbólico y económico ha radicado en gran medida en su perdurabilidad, en su capacidad de sobrevivir a su autor, a su tiempo y ser un registro histórico y sensible del pasado. Los museos y las grandes pinacotecas del mundo son visitadas a diario por miles de espectadores curiosos y deseosos de pararse frente a esas imágenes que han sobrevivido guerras, revoluciones y conflictos de todo tipo y maravillarse obligados a asumir que ante ellas son el elemento de paso, que ellas perdurarán más allá de ellos. De esta manera toda obra de arte se plantea como un memento mori, un recuerdo inexpugnable de nuestra propia mortalidad, de nuestra finitud.

Sin embargo, con la revolución detonada por las vanguardias de principios del siglo pasado una nueva concepción de la obra de arte empezó a desorganizar esta noción clásica que sostenía dicha autonomía de la obra de arte. En su intento por achicar la brecha entre arte y vida un grupo de artistas realizaron una serie de experimentos de todo tipo que resistían el inevitable fetichismo propio de la historia y del mercado y ampliaban el marco de posibilidades para el arte. La incursión en territorios mucho más efímeros como el arte de acción que involucra el cuerpo dieron lugar al performance y al happening, trayendo así una dimensión teatral profundamente temida por las instituciones clásicas del arte. De la misma manera la profanación de medios más clásicos y sacrosantos como la pintura o la escultura; lienzos rasgados, mutilados, raspados, materiales orgánicos en proceso de descomposición, basura ensamblada, obras prendidas fuego y hecha cenizas. Una serie de prácticas de las que solo quedaba algún leve registro fotográfico y que sobrevivieron solo en la memoria y el relato trastocaron esa noción de eternidad. Si bien es verdad que el mercado es un organismo muy inteligente que logró abrirse y fetichizar estas prácticas y volverlas poseibles y capitalizables, lo cierto es que estas rupturas lograron trastocar de manera inevitable la condición de permanencia y lo efímero pasó a ser un valor apreciable en una obra de arte.

Heredera de aquellas metodologías instauradas por las vanguardias, la obra de Julia Clutterbuck surge a partir de una serie de procesos en los que el plástico es un medio fértil para la producción pictórica. Su obra consiste en aplicar pigmentos industriales a grandes láminas y superficies plásticas que debido a la impermeabilidad del material terminan por desprenderse inevitablemente. Las composiciones de dichas pinturas suelen oscilar sobre formas sencillas, geométricas o planos monocromáticos que se yuxtaponen unos sobre otros, recordando a las obras suprematistas de Malevich como a las telas de Mark Rothko y la escuela de Nueva York. La diferencia radical con sus referentes es el carácter intrínsecamente prefijado por Clutterbuck que de manera sisifesca emprende cada nuevo ejercicio pictórico a sabiendas de su inevitable imperdurabilidad.
Es interesante señalar el hecho de que para la misma época que Malevich, Picasso, Duchamp y compañía montaban su pequeña revolución, un inventor de origen belga afincado en Estados Unidos llamado Leo Baekeland, patentaba un nuevo polímero a base de carbono que modificaría el mundo por completo.
Bakelita fue nombrado dicho material. Era duradero, liviano, resistente al calor y a la electricidad. Más adelante se le llamaría Plástico recordando la palabra griega que denotaba transformación y cambio. Poco más de cien años después de que aquel invento incursionara en nuestra cotidianidad estamos descubriendo como su mayor característica, su cualidad más preciada resulta ser su mayor defecto, una maldición que aún no sabemos cómo deshacer. El plástico es duradero, demasiado; posee como característica más esencial aquella permanencia tan valorada en las obras de arte de antaño, las supera incluso. Una botella de plástico puede tardar hasta 1000 años en descomponerse, dos veces la edad de la Monalisa que tiene que ser protegida tras una barrera de cristal para no deshacerse por completo.

Todo se viene abajo y la obra de Julia Clutterbuck da cuenta de esa impermanencia. Aún las imágenes tienen una decadencia inevitable. Es así como su obra se transforma en un proceso continuo que suscita una investigación paradójica. Por un lado la experimentación obstinada y metódica por encontrar diferentes pigmentos y materiales a la búsqueda de realizar de la manera más eficiente el proceso pictórico con estas superficies no convencionales y por otro la certeza de que sin importar la densidad del aerosol que utilice, o la porosidad de la cortina de baño sobre la que pinte, tarde que temprano, el pigmento se desprenderá y la obra se deshará inevitablemente.

Ante esta ineludible impermanencia Julia recicla. Toma los fragmentos desprendidos, la piel suelta de sus pinturas y los reutiliza, los recodifica en nuevas composiciones. Este ciclo de vida y muerte de sus obras plantea una transgresión conceptual en la concepción de la obra de arte ya que plantea una eternización no del objeto producido por el artista sino en la labor del artista sobre ese objeto. Es así como la obra de Julia Clutterbuck abre una pequeña fisura en el sistema del arte porque plantea de manera irrevocable que es la labor del artista y todo lo que implica su hacer, (su intuición, su sensibilidad, su deseo) lo que es permanente. En la obra de Julia Clutterbuck se comprende que es el trabajo del artista lo que perdura, lo que permanece.