Cuando lo causal habilita lo casual, por Lic. María Carolina Baulo, 2019

"Quiero que esa eliminación, ese sobrante deje de
serlo como tal para pasar a ser el todo, la pieza
fundamental y principal de la obra. El cambio de
estado, de la expulsión a la inclusión protagonista
".
María Julia Clutterbuck

Existen siempre palabras claves que podrían describir el universo creativo de un artista, algunos referentes que nos dan una suerte de soporte semántico para abordar la incierta tarea de asignarle sentido a las obras. En el caso de Julia Clutterbuck, ella misma dibuja una cadena de verbos que nos dan la pauta de lo que estamos viendo: sus trabajos se doblan, se pliegan, se arrugan, se llenan, se devastan, se rompen, se velan, se desmaterializan. Y claramente estas palabras parecieran aludir a un escenario apocalíptico, quizás más que acertado si pensamos que el apocalipsis alude a una revelación. Las obras de Julia buscan dejar al descubierto aquello que la materia tapa, aquello silencioso que descansa por detrás: busca hacer evidente el vacío que late.

El corpus de obra es vasto. La artista produce en cantidad, prueba, se permite el error, reelabora, tira, vuelve a hacer, presenta, monta y desmonta, cuestiona soportes, pone en diálogo la variedad: papel, tela, plásticos industriales, película fotográfica, acrílico, vidrio, reciben el impacto de los pigmentos sintéticos y responden con una reacción a veces favorable y muchas otras adversa. Entonces Julia vuelve a empezar. Sus series se organizan en grupos donde son las acciones las que condicionan la estética. Y para abordar esa estética, es imprescindible destacar su mirada geométrica, abstracta, purista, donde la presencia de lo cuasi monocromático es obsesiva. Porque sin tener en cuenta estos datos, es muy difícil comprender el compromiso que conlleva para ella el permitirse realizar una obra donde el azar tenga una intervención protagónica en la ejecución misma de las obras; la batalla interna que se desarrolla entre el pensar lo causal –aquellas cuestiones racionales que alimentan el concepto- y habilitar lo casual –fruto de la pérdida de control- es enorme y solamente la obra puede plasmarlo sin ponerlo en palabras.

Me gustaría recorrer brevemente algunas de las series pero sin enfatizar en procesos técnicos- porque en ese caso perdería la visión del conjunto- pero sí proponiendo una lectura que evidencie una comunión de criterios, una unidad que se filtra como el agua en las rendijas y se va adaptando a las necesidades sin perder nunca un aire de familia. Por ejemplo los Pliegues son una clara manifestación de la huella "descuidada", fuera del círculo de control, propia del plegado del plástico: la arruga delata la huella. Julia toma como punto de partida esa marca, ese surco fruto de la presión ejercida, para darle forma: la raya irregular se convierte entonces en el fundamento que recibe la pintura. Un trabajo que deja asomar la aparición del tiempo, el cual interviene activamente porque la pintura ya no solo corre por los pliegues siguiendo un camino determinado, sino que se diluye, se desvanece y su intensidad matérica crece y decrece dependiendo el sentido en que se mire; una suerte de volumen visual. En la misma sintonía juegan los Plenos ya que por más que el color pareciera abarcarlo todo, el azar vuelve a manifestarse anulando cualquier intento por dominar totalmente la pieza. Trabajos que van en búsqueda de un vacio que nunca termina de manifestarse y unos llenos que tampoco llegan a silenciarlo.

Otro grupo lo integran las obras de las series las Vacas,los Plásticos Rotos y los Descartes, donde se vuelve a enfatizar esa pulsión por poner, recargar, saturar de material el soporte elegido para acto seguido rasparlo y violentarlo hasta quitar lo que se puso e inmortalizar así el registro de una presencia convertida ya en ausencia. Poner para sacar, prácticamente una contradicción en términos. Las Vacas reciben la pintura así cargadas de humedad se pliegan y quedan a la espera de que el paso del tiempo haga de las suyas y deje su impronta. Al secarse y desplegarse, develan lo incontrolable: partes de la materia se desprenden y Julia las recupera para construir con ellas un nuevo relato. Los Plásticos Rotos sufren cambios técnicos en su ejecución pero no conceptuales: los desprendimientos de pintura craquelada sobre el plástico que los contiene, se sueltan del soporte y se convierten también en materia prima lista para desempeñar nuevos roles en nuevas obras. Porque es esta estética de la resiliencia y la política del "no desperdicio", donde Julia retoma todo lo que aparentemente sobra para darle entidad. El Descarte es solamente el nombre que contiene a los fragmentos excluidos pero en sus manos, se transforman en flores de loto que sobreviven en el lodo.

Mención aparte merecen las fotografías y me gustaría relacionarlas con las pinturas que integran la serie Lejanías. Porque esas pinturas parecen imágenes fotográficas pero no lo son sino que transitan una delgada línea, confusa a simple vista y que obliga al espectador a repensar y poner en duda su visión. Julia no es fotógrafa, ella usa la cámara para abordar el terreno de los espacios "velados, las sombras y los encuentros accidentales", tal como ella misma clasifica esos acercamientos introspectivos cuasi secretos. Y son precisamente las imágenes fotográficas Veladas las cuales partiendo de la foto de la pintura per se, nuevamente el tiempo y los efectos de la exposición a la luz natural, van velando la imagen hasta dejar un rastro de un momento condenado a evaporarse; pinturas que parecen fotos y fotos tomadas de pinturas que se desvanecen sutilmente. Son miles de sombras captadas por la cámara de su celular, las que se agrupan para contar un relato de asociaciones fortuitas, registros citadinos casuales, tomando imágenes de las paredes urbanas intervenidas, los paisajes propios de las demoliciones, los escombros que nos rodean; quizás sea la mirada de la arquitecta que hay en Julia, la que inspira ese leiv motiv que atraviesa su trabajo y que se empecina en dar voz, jerarquía y visibilidad a aquello que pasa desapercibido, que queda a un lado, que se desprecia. Es que justamente, es en ese aparente "nada", donde ella encuentra el potencial "todo" que alimenta su creatividad.

Lic. María Carolina Baulo, Marzo 2019